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El caso del yagé
por Juan José Hoyos
¿Cree usted que es dueño de su
ombligo? ¿Cree usted que es dueño de
su bazo y de su sangre? Está
equivocado. Si tiene dudas, averigüe
las historias de John Moore, de los
indígenas de Panamá, Papua, Nueva
Guinea y las Islas Salomón; o la
historia del maíz de Latinoamérica,
la soya de China y la quinua de los
Andes. O la historia del yagé.
En 1994,
los indígenas de la Amazonia
descubrieron que una variedad de su
hierba sagrada -la ayahuasca, yagé o
caapi (Banisteriopsis Caapi)- ya no era
suya. Había sido registrada en 1984 en
la oficina de Patentes y Registro de
Marcas de Estados Unidos, que le
concedió a Loren Miller la patente
número 05751. Según esa certificación,
la empresa Plant Medicine Corporation
era la nueva "dueña" del yagé que los
indígenas tomaban desde hacía siglos y
éste tenía un nuevo nombre científico:
Banisteriopsis Caapi (cv) Da Vine. La
patente le otorgaba exclusividad a
Miller para vender y desarrollar nuevas
variedades de la planta y trabajar en la
obtención de nuevas medicinas en el
campo psiquiátrico y cardiovascular,
derivadas de la ayahuasca.
Los indios de la cuenca del río Amazonas
han cultivado el yagé desde tiempos muy
antiguos para usos medicinales y
ceremonias religiosas. Según su visión
del mundo, la ayahuasca les brinda el
conocimiento de la naturaleza y la cura
para muchas enfermedades. Además, es
fuente de alucinaciones que les muestran
el pasado y el futuro. Por eso los
chamanes educan a los jóvenes
escribiendo sobre sus cerebros. La tinta
de esa escritura es el yagé.
La Confederación Indígena de Comunidades
Amazónicas (Coica) solicitó sin éxito la
cancelación de la patente por no tener
novedad inventiva, ya que la ayahuasca
es una planta que crece en forma
silvestre en las selvas del Amazonas y
además hace parte de su patrimonio
sagrado. A pesar de la campaña de
desprestigio contra ellos y sus
dirigentes -quienes fueron acusados por
varios senadores de Estados Unidos,
ligados al cartel de Miller, de ser
"terroristas"-, en 1999 la Oficina de
Patentes y Registro de Marcas decidió
suspender provisionalmente su decisión,
al admitir el argumento de que la planta
era conocida con anterioridad y también
había sido usada antes por los indios.
Miller no se quedó cruzado de brazos e
interpuso una apelación en la que su
empresa aseguraba haber cumplido con los
requisitos de novedad, no obviedad y
utilidad. La Oficina devolvió la patente
el 17 de abril de 2001 y desde entonces
Plant Medicine Corporation volvió a ser
"dueña" del yagé.
El descubrimiento de este robo biológico
desató una gran polémica en el mundo.
Según muchos etnobiólogos y médicos, la
concesión de una patente como la del
yagé significa ingresos millonarios a
los laboratorios de bioprospección que
aprovechan los conocimientos ancestrales
de los aborígenes y los recursos
biológicos de sus territorios en la
Amazonia y otras selvas tropicales de
América y el mundo.
Chamanes, organizaciones indígenas y
biólogos de varios países
latinoamericanos aseguran que después
del yagé se han patentado otras
variedades vegetales de uso ancestral,
como la uña de gato, la sangre de drago,
la quinina, la quinua y el campu, casi
todas con aplicaciones medicinales. Este
es un triste ejemplo de la forma en que
es entendida la propiedad intelectual de
los pueblos indígenas en los países
industrializados, que hoy hacen una
fuerte presión internacional para
imponer a nivel global su sistema de
patentes, sobre todo en las
negociaciones de nuevos tratados
comerciales, como el Tratado de Libre
Comercio (TLC) que discuten los
gobiernos de Colombia y Estados Unidos.
Un artículo de ese tratado -el número
ocho, que autoriza las biopatentes- es
fatal no sólo para los indígenas
colombianos, sino para millones de
pacientes del sistema nacional de salud
que se verán obligados a consumir a
precios muy altos, y tal vez
inalcanzables, medicamentos patentados
por laboratorios extranjeros, a pesar de
que han sido fabricados -¡qué ironía!-
con plantas nacidas en selvas
colombianas y cuyas propiedades
medicinales han sido descubiertas por
nuestros chamanes indígenas.
El problema de las patentes tiene que
ver no sólo con especies vegetales,
microorganismos y especies animales como
el oncorratón de la Du Pont; la oveja
Dolly, del Instituto Rosly; la Bacteria
del suelo y la Oveja Tracey. En los
últimos años algunas compañías
farmacéuticas como Biocyte, Avicord,
InBio, Merck, Shaman Pharmaceuticals y
otras empresas vinculadas a proyectos
como el del Genoma Humano han obtenido
miles de patentes de genes y células
humanas. Es el caso de la línea celular
de John Moore, un ciudadano de Estados
Unidos: en una intervención quirúrgica
se le extrajo su bazo y se encontró que
las células de este órgano producían una
proteína útil para la terapia de la
leucemia. Moore demandó la patente, pero
una Corte decidió que él no tenía
derecho sobre sus células una vez
salieran de su cuerpo. Algunos
laboratorios también han patentado
células sanguíneas de los cordones
umbilicales de recién nacidos para
usarlas en trasplantes de sangre y de
médula. El Instituto Nacional de Salud
de Estados Unidos ha obtenido patentes
de Retrovirus HTLV encontrados en la
sangre y en las líneas celulares de
indígenas de diversos pueblos del mundo.
Algunas de estas patentes fueron
retiradas por presión internacional.
El periodista Daniel Samper Pizano, de
El Tiempo, dice que en Colombia la
negociación del artículo ocho del TLC es
una pelea entre tiburones y caperucitas.
Samper cuenta que el economista William
Fadul preguntó al ex presidente de
México, Carlos Salinas de Gortari, en un
foro sobre el TLC, cómo reaccionar ante
la exigencia de Washington de aceptar
patentes y derechos intelectuales sobre
seres vivos. La respuesta de Salinas fue
desconcertante, pero sincera: "No puedo
responder, no soy experto en el tema".
¡Eso dice uno de los propietarios del
periódico The Wall Street Journal, el
mismo que firmó el primer tratado de
libre comercio entre Estados Unidos y un
país latinoamericano! Si Carlos Salinas
no sabe, ¿qué podrá saber un indígena de
la Amazonia o un obrero colombiano?
Samper asegura que tras el artículo
ocho, que autoriza las biopatentes, se
agazapan los intereses de muchos
laboratorios multinacionales, y detrás
de cada uno, un hormiguero de abogados
duchos en volver propiedad privada lo
que ha sido conocimiento colectivo
tradicional.
Mucha gente no lo sabe, pero la
biodiversidad produce enormes riquezas
que están engordando a poderosos
saqueadores de los recursos biogenéticos
de las zonas tropicales. Hace diez años,
el comercio anual de grandes
laboratorios con medicamentos basados en
plantas y sabiduría indígena alcanzó 43
mil millones de dólares, y el tráfico de
semillas 13 mil millones. La antropóloga
colombiana Elizabeth Reichel dice que
"la bioprospección es un mecanismo para
obtener material biológico con destino a
países desarrollados para surtir la base
de sus industrias farmacéuticas, de
producción de semillas, perfumes,
pinturas, gomas y resinas, remedios y
venenos y otros materiales. Luego de
transformado, ese material ingresa al
mercado en productos cuyo propietario o
firma comercial detenta legalmente el
monopolio del 'invento' o
'descubrimiento', y en algunos casos es
respaldado por patentes".
El año pasado, la organización Médicos
Sin Fronteras hizo un llamamiento a los
países de América Latina para que
excluyeran todas las disposiciones
relativas a la propiedad intelectual
contenidas en los tratados de libre
comercio. "Si allí se proponen nuevas y
más estrictas normas sobre propiedad
intelectual, eso perjudicará la salud de
los países americanos", dijeron los
médicos. Por estas y muchas razones más,
ningún gobierno que diga que lucha por
el bien común y defiende los intereses
de nuestro país puede firmar el capítulo
ocho del TLC sin cometer un crimen
contra los colombianos.
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